“Amigo, apenas estamos comenzando”

Publicado en Revista Levadura, agosto 20, 2018

1.

Comencemos con una anécdota. Era 1999 (o ya el año 2000). En el teatro El Galeón se presentaba el más reciente número de Paso de gato que, si no mal recuerdo, era sobre Políticas Culturales. En todo caso, contenía una especie de diagnóstico de la situación teatral del país y tenía, para variar, muchos señalamientos y pocas propuestas. Eran los tiempos de los enormes Muros de las Lamentaciones que nos dejaban girando en círculos sin respuesta. Muros que eran resultado, también, de la despolitización a la que nos arrojaron los héroes que nos dieron teatro e instituciones, cuando las decisiones eran caudillistas en dinámicas clientelares que a nadie le importaba poner en duda. Una muestra de ello era la mesa de presentación de la revista: puro macho influyente. Recuerdo que estaba Mauricio Jiménez, que intentó hacer un recuento de las instituciones culturales posrevolucionarias y que Germán Castillo comenzó con una loa al PRI pues, justamente, decía que era el partido que había diseñado nuestro país. Recuérdese que estábamos a las puertas de la “transición”, se olía el fin de la “dictadura perfecta” y muchos soñábamos ―luego del revés de 1988― con un país nuevo.

 

Al final de las sabias palabras de los de la mesa, más que una pregunta yo tenía una modesta proposición e hice uno de mis primeros actos fallidos de perfecto timing indecoroso: dije que, fuera como fuera, estábamos ante un cambio de sexenio, que teníamos en las manos un diagnóstico, que estábamos reunidos un número considerable de teatreros y que por qué no hacíamos de una vez mejor un documento de propuestas. La memoria me falla, pero estoy casi seguro de que no dije: “Hagamos una asamblea y redactemos un pliego petitorio”, pero el silencio que vino después fue como si hubiera llamado a huelga en medio de la Coparmex. Alguien por allí dijo “rojillo” y después, cuando la mesa retomó su cauce hacia el consenso de que no había más por hacer, alguien se me acercó y me susurró: “Las cosas no son así”.

 

Y pues no, las cosas no eran así. Reunirse a dialogar y proponer de manera ciudadana no es algo que quienes ahora tienen más de cuarenta años sepan hacer, porque nunca lo hicieron realmente, porque así como se alega que hay familias “naturales”, había un teatro “natural”: apolítico, clientelar, de decisiones cupulares y negociaciones secretas.

 

2.

Y ahora, al asunto. Por si usted no lo sabe, querido lector, en mayo de este año electoral tuvimos el Tercer Congreso Nacional de Teatro. No me voy a meter en antecedentes para dejarle a usted una pequeña tarea. El caso es que a este congreso llegaron alrededor de ochenta trabajadores del teatro de todo el país. De todo el país.

 

La cosa se desarrolló así: las sesiones de la mañana fueron ponencias de dos tipos. Las primeras, de representantes de los estados que daban a conocer la situación local, así como disertaciones de compañeras y compañeros que tenían algo que decir a la asamblea. El segundo tipo de ponencias era de proyectos que ya están echados a andar en la República. El comité organizador (formado por Micaela Gramajo Szuchmacher, Ana Francis Mor, Bryant Caballero, Eloy Hernández y Aristeo Mora) organizó estas mesas de acuerdo a ejes temáticos precisos y con el cobijo de una Cultura de Paz. De manera que, también, las conferencias inaugurales de los dos primeros días fueron llevadas por invitadas que abundaron en los temas y ejes orquestados: Tania Ramírez habló sobre “Construcción de paz en la comunidad teatral” y Adriana Camarena acerca de “Innovación en Educación”.

 

Por las tardes, en tanto, se llevaron a cabo tres laboratorios relacionados con los ejes en que el comité dividió conceptualmente las inquietudes comunes: Educación, Redes y Leyes.

 

De estos laboratorios, salieron algunas propuestas para seguirse desarrollando en comités de cada territorio. En el eje de Educación, las propuestas fueron: diagnosticar violencia pedagógica en la educación artística y escénica; una plataforma de teatros comunitarios mexicanos; una plataforma virtual para circular las poéticas y saberes artísticos: una aplicación; legitimar el arte teatral en el sistema educativo nacional; transformar la perspectiva del público para acercarlo al teatro; y la profesionalización de la docencia teatral en México.

 

En el eje de Redes, se propuso: recopilación nacional de programas de creación de públicos; generar metodologías para encuentros de creadores; la reingeniería de Efiartes para ampliar participación; y un censo-directorio de teatristas y vinculados al ejercicio teatral.

 

En el eje de Leyes, por su parte, se planteó el Coloquio Nacional de Legislación para el Teatro; seguridad y previsión social para teatristas; observatorios culturales ciudadanos; y la organización de las comunidades teatrales locales.

 

Tengo que agregar aquí que, para mí, hubo dos momentos sintomáticos del estado de las cosas: el primero ocurrió durante las mesas matutinas, cuando el escenógrafo Sergio Villegas habló de los controvertidos premios Metro: una gala que intenta parecerse a la de los premios Tony de Nueva York y que, además, se cuadra a las políticas turísticas globales que el gobierno de Mancera respaldó y que convirtió a la Ciudad de México en una ciudad marca. Después de su intervención, Said Soberanes y Guadalupe Orozco hablaron de las precarias condiciones en las que se hace teatro en Michoacán y Nayarit; posteriormente, Ulises Vargas reseñó los trabajos de la Red Alterna de Yucatán y sus trabajos de cooperación y enlaces. Para mí, la mesa daba cuenta no sólo de la diversidad de miradas sobre el teatro, sino también de cómo las desigualdades políticas y económicas del país se reflejan en los objetivos y estrategias de trabajo en cada territorio.

 

El segundo momento, sin embargo, ocurrió en el laboratorio de Redes que presencié: allí estaban compañeros y compañeras de muchas jornadas, que durante mucho tiempo han remado en contra y a favor de las políticas clientelares. Estábamos juntos, pensando juntos, dejando que la presencia de los demás nos hiciera pensar en cómo imaginar un bien común. Me pareció especialmente enriquecedora la discusión de reingeniería al programa de Efiartes, que se diagnosticó como fomentador de la desigualdad y de la retirada de recursos del Estado, pero con posibilidades de apertura.

 

Un último detalle que no quiero omitir fue la ausencia, en general, de nuestras estrellas teatrales. Si se echa una mirada a los nombres de quienes aparecen como jurados y como elegidos en la mayoría de las convocatorias, difícilmente apareció un 20% de esas personalidades. Martín López Brie y yo barajeamos muchas explicaciones, pero baste con dejar el dato como síntoma de algo.

 

Una nota del 17 de mayo de este año del periódico El Economista dice que: “Baja desempleo pero aumenta precariedad laboral. La tasa de desocupación se contrajo a un mínimo de 3.2% de la PEA, mientras que la tasa de condiciones críticas de ocupación marcó un máximo de 15.5% de la población ocupada, informó el INEGI”. Y la nota culmina con el siguiente párrafo:

 

De acuerdo con el secretario del Trabajo y Previsión Social (STPS), Roberto Campa Cifrián, México no tiene problema de ocupación, sino el problema que se debe atender es el de la informalidad, que aún se mantiene en cifras elevadas y en donde se encuentran más de 30 millones de trabajadores, quienes no perciben ningún tipo de seguridad social. “Vemos niveles previos a la precrisis, pero aún se mantiene una elevada informalidad que, sumado a la subocupación, vislumbran que no ha mejorado la calidad del empleo”, dijo Víctor Chávez Montes de Oca, socio director de Grupo Human.

 

Es decir, que en el país se trabaja más y en peores condiciones. Porque los empleos no atienden al modelo al que estábamos acostumbrados en la Sociedad de Bienestar: trabajo fijo o semifijo, con prestaciones, seguro médico y jubilación. Un modelo del que ya nuestros padres (o abuelos) renegaban en el 68 por atarnos a una vida escrita bajo un guión previsible. Un modelo que, con todo, fue resultado de la lucha de la sociedad trabajadora organizada en sindicatos obreros y que resultaba un paliativo ante el embate del desarrollismo del capital que exige más trabajo con menor remuneración. Como vaticinaba Félix Guattari en los años noventa: si antes se luchaba por un trabajo digno, ahora se ruega por un trabajo a secas.

 

Y es que lo que se ha venido después es simplemente desastroso. Los trabajos son cada vez más temporales, cada vez peor pagados, cada vez demandan más tiempo y los trabajadores tienen que juntar varios empleos parciales para llegar a fin de mes. Es este el modelo empujado por la reforma laboral del sexenio que concluye. Y aún más: en este capitalismo cognitivo gran parte del trabajo pasa por fases de elaboración digital, ya sea en programas de computadora o en navegación por Internet. De manera que llevamos, incluso, el trabajo en el pantalón. Gran parte de nuestras vistas al celular están mezcladas entre el chequeo a las notificaciones de mensajes que hacen avanzar el trabajo o bien a esa compensación de la angustia que eufemísticamente llamamos procrastinación, pero que no es sino el desahogo de la certeza de que nuestro tiempo vital ―el del cuidado, el de la diversión, el del descanso, el del amor― está dictado por el trabajo. Adiós a los tiempos en que se trabajaba para vivir: ahora nuestra vida mecánica, mental y emocional alimenta segundo a segundo a los dueños de los medios de producción.

 

4.

A decir del pensador italiano Paolo Virno, los trabajadores precarios respondemos emotivamente a este estado de precariedad con una tríada de afectos: oportunismo, miedo y cinismo. De cada uno, Virno destaca: “Oportunista es aquel que afronta un flujo de posibilidades intercambiables, mateniéndose disponible para el mayor número de ellas, plegándose a la más cercana y desviándose después de una a otra”. El oportunismo, pues, como arma contra la impermanencia.

 

“De hecho, la inseguridad respecto del propio puesto frente a innovaciones periódicas, el temor a perder prerrogativas, recién conseguidas, el ansia de ‘mantenerse al día’, todo esto se traduce en flexibilidad, ductilidad, disposición a la reconversión”. El miedo como propulsor de la flexibilidad identitaria.

 

“En los a priori y en los paradigmas que estructuran la acción, el cínico capta tan sólo la señalización mínima útil para orientar su lucha por la supervivencia”. Y el cinismo como sistema de alerta y atención.

 

Del lado oscuro, estas emociones nos llevan a pensar exclusivamente en nuestros intereses y dejar en un segundo plano las emociones de los demás. Incluso, estas emociones implican una velocidad de adaptación que, también, impiden mirar hacia las condiciones en que realizamos nuestra labor: ¿Quién convoca? ¿Cómo convoca? ¿Cuáles son sus intereses? ¿Qué papel juega mi cuerpo y mi vida en esta dinámica? Asimismo, el tiempo para la reflexión colectiva y la organización quedan muy desdibujados; con apenas espacio para el encuentro con otros cuerpos trabajadores, con muy poco tiempo para el pensar, esta nueva clase de trabajadores precarios no puede defender lo mínimo: o acepta las condiciones de trabajo (sin contrato, sin prestaciones) o no podrá responder a la inmediatez de sus necesidades.

 

Y, lo que es aún peor, las políticas estatales serviles a los intereses de los dueños de los medios de producción inventan eufemismos para, por un lado, ocultar la dinámica y, por otro, apelar una vez más a la emoción, en este caso a la esperanza de la movilidad social. “Vuelvanse empresarios”, dicta el sentido común neoliberal. “Formen industria ecológica, cultural o del ramo de su interés”. Pero, claro, lo que no dice la letra pequeña de este contrato es que la industria sólo se puede hacer cuando hay capital que invertir y trabajadores para explotar, por lo que aquí el bucle se cierra: se trata tan solo de promover la autoexplotación ―a solas, en colectivo, qué más da―. El capital sólo existe para incrementar el capital y la precarización sólo produce precarización.

 

5.

Pero, ¿este miedo, cinismo y oportunismo tendrían un lado brillante?

 

Volvamos un poco la mirada a nosotros mismos. Durante mucho tiempo, se pensó que los artistas no eran trabajadores o ciudadanos ―o mortales, incluso―. Pero lo cierto es que los artistas mismos, y todo el circuito del arte, no escapan a las condiciones materiales de su quehacer. Si para el Estado de Bienestar la cultura y el arte formaban parte sustancial de su existencia (véase, si no, qué otra forma de pensar pudo dar lugar a un despropósito feliz como el circuito de teatros del IMSS), para el nuevo Estado neoliberal, ésta y otras inquietudes sociales deberían quedar en manos de la iniciativa privada, que es otro eufemismo para decir en las dinámicas del mercado del capital. Esta retirada, sin embargo, ha sido paulatina. Tenemos el caso en México de la creación del Conaculta ―ahora Secult―, que si bien en el papel intentó deshacerse del paternalismo estatal, en la realidad no dejó de reproducir clientelismos y dádivas, a lo que se sumó una paulatina retirada de presupuestos. (Otro tema es el dispendio en gastos de personal burocrático).

 

En todo caso, el diseño de convocatorias con indicadores cuantitativos forzados por la Secretaría de Hacienda, deja poco margen para el despliegue de ideas artísticas y consume buena parte del trabajo de los artistas. Bajo esta dinámica, tal como ha demostrado el estudio del sociólogo Tomás Ejea, los estímulos siguen girando alrededor de figuras tutoriales bajo la dinámica de “el que consagra, se consagra”, y las posibilidades de que surjan nuevos horizontes estéticos por experimentación se reducen a los límites que impone la mirada tutorial interiorizada en los propios creadores.

 

De manera que, como hemos dicho desde hace dieciocho años Rodolfo Obregón y un servidor, los problemas del gremio teatral pueden verse desde dos ángulos: el externo en el que las políticas culturales neoliberales han constreñido los apoyos, en un esquema sumamente dependiente de ellos. Y el interno, en el que esta dependencia pasa por usos y costumbres tutelares, clientelares y patriarcales que se aprenden desde las escuelas.

 

Y sin embargo… desde hace cinco años es palpable que el vacío que dejó la generación de los padres fundadores del teatro moderno lo ha ido llenando el empuje de una generación que jamás los conoció y que demanda nuevas dinámicas de relación. Bien es cierto que la mitad de ellos cae rápidamente bajo el canto de las sirenas de los usos y costumbres, pero a la otra mitad lo que le falta en historia, le sobra en determinación. Así, de Tijuana a Guadalajara y de León a Mérida, se hacen notar creadores y creadoras que buscan estar más apegados a la realidad del mundo que a la del gremio, que buscan respuestas escénicas lo mismo que políticas a un estado de emergencia nacional.

 

Y en muchos de ellos, el miedo, el cinismo y el oportunismo, se han vuelto precisamente una catapulta para pensar las maneras de estar juntos, de mostrar la diversidad y de que “este oficio sin memoria”, como lo llamaba Margules, comience a generar espacios para las pequeñas historias, las identidades desplazadas o los grupos relegados.

 

6.

Debo admitir ahora, queridos lectores, que esta sección la escribo el 2 de julio de 2018. Ayer, con una participación de más del 60% en las urnas y con una votación superior al 50%, por primera vez tenemos en la República Mexicana un cambio de gobierno hacia la izquierda (bueno, centro izquierda, pero…). Lo notable para mí es la voluntad de la gente por cambiar el sentido de nuestra narrativa, más que la figura del candidato, así como el cambio de escenario en el que los grupos que han gobernado no sólo pasan a la oposición, sino que reciben el mensaje: nunca más así.

 

Aquí conviene resaltar la advertencia de un amigo al que me gusta citar. Él decía que las revoluciones terminan mal, pero que eso es otro cantar que tiene más que ver con las disputas de los seres históricos; lo relevante, decía, es el devenir revolucionario de la gente. Mi amigo era francés y se le daban las palabrotas, pero con devenir revolucionario, él quería señalar el momento en el que aceptamos que el mundo se está transformando y que podemos sumarnos a esa fuerza transformadora que se encarga de afirmar la vida. Devenir revolucionario, pues, no es una etapa de la vida, es una forma de ir hacia la vida, de ir con ella, de ser vitales.

 

No es ninguna casualidad, entonces, que el Congreso se haya realizado unos meses antes de la victoria de la izquierda en el gobierno. Hay en el aire un devenir revolucionario del que hay que hacernos cargo. Se trata de un momento muy complejo porque, a mi ver, es también un cambio en los regímenes de representación: la potencia no puede estar más en la figura fetiche que está sobre el escenario, es indispensable que nos demos cuenta de que a esa figura la sostenemos entre todos, afirmativa o negativamente, haciendo algo o no haciendo nada. Que no existe guión escrito por los dioses, que no hay destino sino que todo está por escribirse. Que no hay fórmulas eternas, sino mapas estratégicos acordes con la situación. Que no es lo mismo aprender a jugar en el tablero de los amos que comenzar a crear el propio juego.

 

El congreso, hay que recordarlo, no trató acerca de las estéticas que generamos, sino de las condiciones de posibilidad de nuestro trabajo que, finalmente, determinan mucho de lo que pensamos que son nuestras estéticas. Condiciones que son sólo eso: negociaciones que lo mismo pueden dar lugar a situaciones de largo plazo que otras de corto plazo. Negociaciones entre personas que pueden, en la diferencia, señalar bienes comunes, principios irrenunciables o estrategias a la altura de cada momento.

 

Finalmente, cuando el día de las elecciones yo señalaba en Facebook cómo desde 1988 muchos no habíamos dejado de trabajar en función de parámetros de relación ―políticos, pues― más justos, un amigo me señalaba: “¿Entonces, ya podemos descansar?”,  no pude sino responderle con total sinceridad: “Amigo, apenas estamos comenzando”.

 

Coda.

“Ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence” decía Walter Benjamin. Pero también decía que en su lucha (aunque terminara como derrota) había un relámpago que podía alumbrarnos, que nuestro deber era retomar esa luz y hacer de esa derrota lo que debió de haber sido: justicia.
Ellos y ellas están despiertos en nuestros cuerpos, en nuestra mirada que observa lo que no ven, pero que prolonga su visión. Ellos y ellas son, pueden, deben ser nuestros visionarios.
Loas a ellas, a ellos, por quienes también estamos aquí.

 

Por Fernando, Jefté, Omar, Nadia, Rubén y la lista de quienes nos faltan.

Publicación original:

http://revistalevadura.mx/2018/08/20/amigo-apenas-estamos-comenzando/

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s