La isla de Próspero

Volver a la Isla

Así pues, escribir de a cuatro manos aunque cada quien se hiciera cargo de su firma. Escribir, también, desde el malestar como manifestación del cariño. El cariño, por supuesto, al teatro; por supuesto, al país que ese teatro refleja; y, por supuesto, por supuesto, por supuesto, al compañero de armas. Porque esa isla era, además, una trinchera, un lugar de resguardo pero también de ataque. Porque el malestar no era ficticio, porque nadie se detenía a señalarlo y, mucho menos, a detenerse a describirlo, a arriesgar la propia posición, a tomar postura.

Entre 2004 y 2013, Rodolfo y yo nos veíamos casi todos los días en el Citru y, cuando había tiempo, comentábamos las noticias que nos llegaban del mundo y del submundo teatral y un día de 2010 se nos ocurrió ponerlo en palabra, dar la cara de cada afirmación e intentar echar a andar un diálogo. Esto fue, claro, antes de que facebook arrebatara las primicias y los comentarios. Aunque, debo decirlo, no se trataba sólo de un espacio para el malestar sino también para el gozo y para la memoria. Sin las ataduras de las publicaciones periódicas, pero también sin la velada y posterior abierta (auto)censura de las poquísimas opciones editoriales, podíamos dejar volar la pluma sobre lo que presenciábamos aquí o en nuestros viajes, o sobre lo que pasaba por nuestra cabeza y no necesitaba ningún pretexto para ser llamado a tierra.

El blog -como debió sucederle a todo un momento de esta vida digital- nos permitía iniciar una conversación un día y continuarlo meses después; pasarnos la palabra; contrapuntear ideas y probar otros soportes. Allí está, por ejemplo nuestra mirada sobre la segunda venida de Castellucci, nuestra revisión sincrónica -sin proponérnoslo- de Brecht; o la pasión de Rodolfo por Kentridge o su seguimiento al performance desde la famosa retrospectiva a la Abramovich hasta los (otros) aspavientos de la Lésper. Allí sostuve, por mi parte, un diálogo con la querida Luz Emilia Aguilar Zinzer sobre cómo respondía el teatro a nuestra nueva realidad que hoy cultiva fosas y desaparecidos; mi asombro ante las coqueterías institucionales con la banalidad que ahora se disfraza de “industria teatral”; mi perplejidad ante Teatro Ojo o las Lagartijas tiradas al sol; e, incluso, intenté robarle el gesto a BB y hacer un Diario de la guerra que asomaba. Revísese -para tener idea de las aspiraciones y emergencias- que la reseña que hace Rodolfo a la presentación de Rimini Protokoll en 2010 contiene ya un acercamiento a Lehmann e intenta una aproximación crítica que ocho años después los críticos actuales no logran sacar de dos o tres perogrulladas post, expand o lo que sea.

Pero, sobre todo, la Isla nos permitía salir y mirar los ires y venires de nuestras políticas de legitimación que, hasta ahora, conservan dinámicas más cercanas al sentir posrevolucionario que a una verdadera democracia. Premios, pedagogías, hábitos e instituciones fueron revisadas en aras de ofrecer una imagen que contrastara con el aparente consenso y sus coacciones no escritas. Es cierto, propuestas había pocas (o incluso ninguna) pero desde mi perspectiva, éstas van llegando apenas ahora con la unión de las voces del gremio, mientras que en esos días lo que sentíamos urgente era generar un diagnóstico, un mapa de guerra.

Si escribo estas líneas  no es para enaltecer lo que hicimos (aunque sí, me da orgullo particular pensar que esto lo hice junto a una de las personas que más admiro) sino para recordar un gesto como se hace en el teatro, para que quien se quiera acercar otra vez al gesto recupere la situación y pueda tomar sus propias posiciones.

[Y, por supuesto, por supuesto, por supuesto, Ludwik]

(Fotografía de Luz María Obregón)

Acá el enlace al blog:

La isla de próspero

Anuncios

¿Qué pasa con la escena en México?

Coloquio “¿Qué pasa con la escena en México?” Mesa 4

Diálogo entre Rodolfo Obregón y Rubén Ortiz

14 de noviembre, 17 hrs. Foro Experimental José Luis Ibáñez. Anexo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.